sábado, 30 de marzo de 2013

EL HACHA EN MEDIO DEL SIGNO


Publicado el 28 de diciembre de 2008




San Malaquías de Irlanda, arzobispo católico del siglo XII, ha pasado a la posteridad por dos colecciones de Profecías que supuestamente les fueron reveladas tras un viaje de peregrinación a Roma en el año 1140, cuando era arzobispo de Armagh, uno de los seis condados que forman la actual Irlanda del Norte.
En realidad, la razón de tan largo viaje, desde la fría y húmeda Irlanda hasta Roma, era la de pedir al Papa, Inocencio II, unos palios para las iglesias de su país. Al llegar a Roma, su celo cristiano, su espíritu casto, su proceder honesto y su honradez, por encima de todo, quedaron hechos añicos al observar la enorme corrupción que reinaban en la supuesta ciudad santa, con un Papado en manos de los príncipes italianos.
Parece que en ese momento recibe la divina inspiración y escribe sus Profecías que tienen la virtud de imbuir una nueva moral a la Iglesia Católica, que se regenera de sus corrupciones y vuelve a resurgir con el espíritu inspirado por su fundador.
Fruto de esta labor, Malaquías se vuelve a Irlanda con los palios que había solicitado.
De las Profecías de San Malaquías, es sin lugar a dudas la que se refiere a los Papas que se sentarán sucesivamente en la silla pontificia, la que ha alcanzado más y mayor popularidad, no en vano hizo una relación de Papas desde 1143, señalando cuáles serán las características de cada uno de ellos.
Leer la lista eriza el vello, por la precisión con la que aparecen descritos, uno tras otros todos los pontífices, incluido el actual Benedicto XVI.
Pero no es de San Malaquías de quien este artículo trata, sino del Papa número 227 de la Iglesia Católica y que, en la lista del “profeta”, figura con el lema “El hacha en medio del signo”. Este Papa fue Sixto V, que ocupó la silla pontificia desde 1585 a 1590.
Felicce Peretti, que así se llamaba, nació en un pequeño pueblecito a muy escasa distancia del Mar Adriático, en 1521. Hijo de un humilde pastor, siguió el oficio paterno, habiendo sido pastor de cerdos, hasta que, sorprendido por unos monjes franciscanos leyendo un catecismo, mientras cuidaba de los animales, fue ingresado en un convento de esa orden a la edad de nueve años.
Hábil orador y mejor jurista, desempeñó varios cargos, llegando incluso a ser asesor jurídico del Tribunal de la Santa Inquisición de Venecia, en donde demostró una crueldad tal, que le valió el que los venecianos le repudiasen.
Ciertas diferencias de criterios con el cardenal Buocompagni, le crearon una enemistad para toda la vida y cuando el cardenal, fue elegido Papa, con el nombre de Gregorio XIII, Felicce Peretti hubo de retirarse de la vida pública, dedicándose al estudio y como suele decirse de forma harto socorrida: a alabar a Dios.
Corren rumores de que su salud está muy delicada y al morir Gregorio XIII, comparece al cónclave con visible deterioro físico y apoyado en unas muletas y mirando siempre al suelo. Su precaria salud y su enemistad con el papa muerto, obran el milagro de elegirle como nuevo Pontífice porque los cardenales pretenden buscar un sucesor suficientemente débil como para que les permita hacer a sus antojos; por otro lado, siendo mortal enemigo del anterior Papa, permitiría hacer cualquier cosa con tal de contradecir la norma anterior. Pero nada más salir elegido, arroja las muletas, endereza su cuerpo y entona un Te Deum con voz estentórea, a la vez que advierte a todos que pondrá orden en la disipada vida cardenalicia.
Cuenta la historia que un cardenal, amigo suyo, le dijo: Desde que vuestra Santidad es Papa, ha cambiado totalmente de aspecto.
A lo que el novísimo Papa le respondió: “Cuando éramos cardenal caminábamos con la cabeza gacha, buscando en el suelo las llaves del cielo. Desde que las hemos encontrado, no hay nada más que buscar en la tierra”.

Sixto V

De inmediato inicia una campaña para garantizar el orden público, asegurar los caminos y desterrar toda clase de delincuencia, para lo que no duda en emplear métodos tan drásticos como ejecutar a todos los transgresores de las normas. Pero lo lamentable fue que tras acabar con los criminales, empleó la misma saña con prostitutas, bribonzuelos y toda la chusma que merodeaba en Italia, lo que le valió una terrible fama de cruel y despiadado.
Se enemistó con todos los gobernantes de Europa, salvo con Felipe II, nuestro abúlico y religioso rey, casi fundamentalista, al que otorgó todas sus bendiciones cuando envió a la Armada Invencible, contra Inglaterra.
El desastre de aquella aventura guerrera pesaría sobre el Papa durante los dos años de papado que aún le tocó vivir tras el tremendo desastre.
La dureza de su carácter llegaba a extremos insospechados y se cuenta otra historia que define perfectamente al Pontífice.
Cierto día, llegó hasta él una anciana que le pedía su intercesión en un pleito que mantenía por muchos años y del que no estaba segura de llegar a ver su fin, tan cerca se encontraba de la muerte y tan enredado estaba su pleito en la curia.
El Papa se interesó en el abogado o procurador que estaba encargado de aquel litigio y le pidió que lo solucionase lo antes posible. Tanto daba que la sentencia fuera favorable o en contra de la anciana, pero quería una solución al pleito.
Muy ufano, el abogado se dirigió al Vaticano a la mañana siguiente, para comunicar al Santo Padre que el pleito estaba solucionado.
Tras escucharlo atentamente, el Papa lo mando ahorcar por haber permitido que durante años no se hiciese justicia, cuando en pocas horas se había resuelto el caso.
No hace falta decir que las curias de toda Italia entraron en un proceso frenético de producir sentencias y de acelerar procesos que innecesariamente se veían demorados, pues pesaba sobre ellos la soga de la horca que se podría balancear así que cualquier otra persona accediese al Pontífice con pretensiones de justicia.
Se cuentas muchas más cosas de este singular Papa, algunas serán ciertas, otras, sin duda que no lo son, pero, ¡cuánto daría la sociedad actual si de pronto fuera posible la aparición de alguien con poder suficiente como para ejecutar esa justicia sumarísima que pusiera orden en muchas de las cosas que no se arreglan, no por falta de posibilidades de arreglo, sino por falta de interés en dar soluciones!
¿No sería necesario, ahora que tanto se está hablando de la lentitud de la justicia, que alguien, como Sixto V, no ya ahorcara, pero sí diera un escarmiento?
Los dos párrafos anteriores me han salido muy duros y ni siquiera yo comparto su contenido, pero me resisto a sustituir lo que he dicho porque sé que, en el fondo, no voy a ser mal interpretado. Por supuesto que no quiero que se ahorque a nadie por muy negligente que sea y tampoco quiero que aparezca un justiciero vesánico, como este Papa, pero de algo tiene que servir recordar la anécdota.
Seguro que si nos ponemos la mano en el corazón, igual que cuando de pequeños escuchábamos a nuestras madres clamar por la llegada de un nuevo Herodes, clamaríamos por la repetición de un Sixto V.
Severo, pero clemente a la vez, el Papa Peretti tuvo durante su papado, la suerte de ejecutar grandes acciones que llevaron al embellecimiento del Vaticano y de toda la ciudad de Roma.
El obelisco que hoy aparece en el centro de la plaza del Vaticano y que se ha convertido en todo un símbolo, fue erigido por él.
La pieza, perteneciente a la V dinastía de faraones Egipcios, había sido transportada a Roma por el emperador romano Calígula, en el año 37 de la Era Cristiana y descansaba entre barros y malezas en algún lugar de la urbe. Su destino había sido el circo romano que iniciara este emperador y concluyera Nerón, pero lo cierto es que el enorme falo pétreo se colocó en su momento, presidiendo todas las actuaciones circenses, pero luego fue retirado y descansaba olvidado hasta que Peretti recordara que San Pedro fue martirizado por Nerón en aquel circo y pensara que no había mejor lugar para colocar el obelisco ante el cual muriera uno de los pilares de la Iglesia, que ante la Basílica que llevaba su nombre.
Sixto V decidió erigirlo frente a la Basílica de San Pedro, en una explanada en la que aún no se había construido la magnífica columnata que posteriormente erigiera Bernini.
Doménico Fontana, un prestigioso arquitecto romano, fue el encargado de erigir el obelisco y para ese trabajo utilizó ciento cincuenta caballos y novecientos hombre. Mediante un complejísimo sistema de cuarenta y siete poleas, el enorme trozo de piedra, que pesa trescientas treinta toneladas, fue izado y colocado en su actual ubicación, un día de septiembre del año 1586.

Grabado de la época con la erección del obelisco

El pueblo de Roma acudió en masa a presenciar la operación de izar la enorme piedra y alrededor de la zona destinada a las labores de izado, se congregó tal multitud que hacía imposible que las voces de mando que partiendo del arquitecto Fontana se transmitían a los distintos capataces, fuese luego escuchadas por los obreros encargados de ejecutarlas.
En consecuencia, Sixto V tomó la determinación de castigar con la muerte inmediata a aquella persona que levantase la voz o produjese ruidos capaces de impedir la transmisión de las órdenes.
En un silencio sepulcral, pues la severidad del Papa era sobradamente conocida y a ninguno cabía duda de que se ejecutarían los castigos prometidos, los obreros empezaron a realizar su trabajo.
En cierto momento de máxima tensión, las cuerdas que soportaban el enorme peso de la mole granítica, se distendían, chirriaban e incluso echaban humo, debido al calor que generaba la inmensa tensión a la que estaban sometidas. De pronto, por encima de aquel silencio se oyó la voz de un marinero de San Remo, capitán de una nave genovesa llamado Bresca, que presenciaba la maniobra y que gritó: “Aiga, dai del aiga al corde” que traducido quiere decir: “Agua, echad agua a las cuerdas”.
De inmediato fue prendido y trasladado a las dependencias vaticanas para ser ejecutado, pero gracias a su advertencia y a la prontitud con que algunos operarios habían reaccionado echando agua a las cuerdas, el obelisco se había salvado y lucía enhiesto en el centro de la plaza.

El obelisco al centro de la Columnata de Bernini

El Papa conmutó la pena de muerte por el privilegio de que la nave de Bresca luciera en popa la bandera del Vaticano y la compensación de que cada año transportara las palmas usadas en el Domingo de Ramos.
Su Escudo Papal contenía un hacha cruzada en medio de un león, el cual se interpreta como un signo de zodiaco, tal como acertó a predecirlo San Malaquías: “El hacha en medio del signo”.
Si seguimos las profecías de San Malaquías, después del actual Benedicto XVI, sólo queda un Papa, que sería el último: Pedro el Romano. Pedro, como el primero; y San Malaquías termina así: “En la persecución final de la Santa Iglesia Romana reinará Petrus Romanus, quien alimentará a su rebaño en medio de muchas tribulaciones. Después de esto, la ciudad de las Siete Colinas será destruida y el temido juez, juzgará a su pueblo”.
¡O San Malaquías se equivoca por primera vez, o nos quedan un par de telediarios!

No hay comentarios:

Publicar un comentario