domingo, 31 de marzo de 2013

EL QUIJOTE, ¿DE CERVANTES?

Publicado el 11 de septiembre de 2011




Vaya por delante que lo que a partir de este momento voy a decir, no es en absoluto de mi cosecha, sino que procede de diversas fuentes que he consultado y que me han parecido lo suficientemente serias como para, al menos, concederles el beneficio de aceptarlas como dudosas o posibles, pero nunca desestimarlas sin siquiera oírlas.
De entre ellas, la de un profesor sevillano, uno de los más destacados historiadores contemporáneos, cuyo nombre me reservo, porque asimismo lo hace él.
El nombre de Miguel de Cervantes va unido, de manera indisoluble, al de Don Quijote de la Mancha, teniéndosele por autor de las dos partes en que se divide la obra y que fueron publicadas en 1605 y 1615.
Siento un poco de vergüenza al confesar que leí el Quijote cuando estudiaba Bachiller y que para escribir este artículo he tenido que releerlo a marchas forzadas, aunque justo es decir que saltándome bastantes párrafos.
No sé por qué, siempre que aparece una figura descollante, no falta quien quiera verle como a un impostor y detrás de él, entre bambalinas, al verdadero genio, y quiera demostrar que el que figura como tal no es más que un aprovechado sin escrúpulo. Eso ha ocurrido y seguirá sucediendo, pero en este caso voy a seguir los razonamientos de quien dice ser un experto en la obra de Cervantes y que no asegura que tal apropiación existiera, sino más bien que no considera muy posible que Cervantes pudiera tener ni la cultura, ni el tiempo, ni la facilidad de escritura necesaria para escribir, no ya el Quijote, sino muchas otras de las obras que le están atribuidas. Para eso hace un estudio exhaustivo de su vida.
Cuando Cervantes tenía tres años, su padre, en la más absoluta ruina, se trasladó a Valladolid buscando mejores horizontes; pero no puede hacer frente a su desastrosa situación y termina encarcelado, cierto que por poco tiempo, pues enseguida la familia se trasladó a Sevilla y luego a Córdoba, donde residieron durante diez años. Allí empezó a estudiar el joven Miguel lo que se denominaba entonces “latinidad”.
Cuando tenía veinte años, la familia se va a Madrid y allí continúa los estudios con el famoso latinista López de Hoyos, pero asistió a clases solamente algunos meses.
Y esa fue toda la formación académica del insigne escritor. El resto lo debió aprender en la Universidad de la vida, donde, desde luego, anduvo mucho.
Desde el año 1569, cuando huye a Roma a consecuencia de haber participado en un duelo y herido gravemente a un tal Antonio Segura, empieza su peregrinaje. Se sabe que en Italia estuvo algo más de cinco años, sirviendo desde paje a soldado y, según cita en sus obras, ha recorrido todas las ciudades importantes a las órdenes de don Juan de Austria con el que toma parte en la Batalla de Lepanto, donde perdió la movilidad del brazo izquierdo, lo que le valió el calificativo que le acompañará toda la eternidad.
Y algún estudioso de la vida y obra del escritor puede preguntarse si en ese período tuvo tiempo para leer, estudiar y aprender idiomas, además del italiano. Y de ser así, de dónde sacaba ese tiempo ejerciendo de soldado profesional. Esa clase de vida está muy documentada y los soldados no podían tener casa, pues acompañaban a sus capitanes en un constante deambular, viviendo en cuarteles o campamentos. ¿Dónde estudiaba, o leía, en una época en la casi que no había bibliotecas públicas y la sabiduría se concentraba en monasterios y palacios? No parece muy probable que hasta ese momento su cultura le permitiera dominar todo lo que demuestra en su novela.
Tras la famosa Batalla, cae prisionero de piratas argelinos que lo conservan en cautiverio durante cinco años, porque con él llevaba unas cartas de presentación para importantes personajes de la época y los piratas piensan que puede tratarse de una persona de realce por la que sacar un buen rescate. Cinco años estuvo en la cárcel de Argel, donde tampoco parece que se rodeara de las mejores condiciones para estudiar y escribir. Sin tinta ni papel y con una sola mano para afilar las plumas, parece complicado.
Cuando consigue por fin la libertad, se traslada a la corte en donde ejerce de lo que entonces se llamaba “pretendiente”, pues pretende un puesto de trabajo, un matrimonio de conveniencia, etc.

Escultura de Cervantes en la Biblioteca Nacional

Se casa con una joven de diecinueve años a la que abandona poco después para entrar al servicio del rey como recaudador de alcabalas en Andalucía. Doce años, hasta 1600, recorriendo Andalucía, viviendo en posadas y casas de posta, trasladándose con sus trebejos de recaudador y sin muchas posibilidades de transportar libros en los que instruirse, ni comenzar a escribir siquiera alguna de las obras menores que tanta fama le proporcionaron.
Pero es que, además, en ese tiempo, fue a la cárcel en cuatro ocasiones, por malversación de los fondos reales, la última en Sevilla en 1597, en donde algunos estudiosos de la obra cervantina, sitúan el comienzo del Quijote. Pero vamos a lo mismo de antes: ¿Se puede en una cárcel de aquella época escribir o leer? No es así al menos cómo la historia nos ha pintado las mazmorras de todas las épocas.
Cuando abandona, o lo echan, de las tareas de la recaudación, vuelve con su esposa que reside cerca de Valladolid, en donde, según opiniones de los eruditos, tanto sus hermanas, como ella misma, se dedican a la prostitución.
En cuatro años, tiene terminado y publica la primera parte de su obra cumbre en la que se incluye una especie de prólogo o dedicatoria, supuestamente escrita por el propio Cervantes antes de imprimirse la obra, de una calidad literaria tan distante de lo que luego se muestra, que cuesta trabajo creer que ambas hayan salido de la misma pluma.
Si Cervantes escribió esa novela en su época de recaudador, de cautivo, de soldado de fortuna, de huido de la justicia o la de viajero impenitente, y es capaz de recordar los nombres de tantos personajes como cita, las referencias literarias a tantas obras clásicas y la ilustración que de su lectura se desprende, sin tener unos estudios superiores, una biblioteca, un archivo, una habitación de trabajo en donde tuviera un estante en donde ir clasificando y guardando los manuscritos que se amontonaban, viajando de un lado para otro con todo eso a cuestas y sin poder descansar un momento de la ajetreada vida de aventurero que siempre llevó, además de ingenioso, era fruto de un milagro, porque, qué otra cosa sería el haber escrito la mejor novela de todos los tiempos, en un español culto y pulido del Siglo de Oro de las Letras, cuando tantas carencias adornaban su vida.
¿Cómo es posible citar a tantos clásicos, con dominio de sus contenidos como hace el autor del Quijote? Homero, Platón, Aristóteles, Cicerón Ovidio, Boscán, Garcilaso, y muchísimos otros, desfilan por la páginas como si de ordinario el autor estuviese al habla con ellos; o sus conocimientos de la mitología griega, tan al gusto de aquella época de Oro. Y eso por no citar la cantidad de libros de caballería que debió haber consumido y estudiado para recordar hasta los más mínimos detalles de todos sus personajes; o sus conocimientos de la historia de España y las de Grecia y Roma.
Un erudito y estudioso de la obra de Cervantes llamado Armando Cotarelo Valledor, hizo un trabajo de chinos, recopilando todas las obras literarias a las que se hace referencia en el Quijote. El resultado es escalofriante: cuatrocientos veintinueve títulos. Con la dificultad que la lectura tenía en aquella época, la escasez de los textos, todos escritos a mano hasta la aparición de la imprenta, es difícil que una persona de las características de Cervantes tuviese acceso a tal cantidad de libros y mucho más que los poseyera para poder consultarlos, pues en otro caso habría que pensar que los había memorizado, cosa por demás improbable.
Una cosa más, en la obra “Cervantes en el Quijote” que el Centro Virtual Cervantes tiene colgado en Internet, se reconoce que lo que sabemos de la vida de don Miguel es fruto de las investigaciones realizadas desde el primer tercio del siglo XVIII y se relata una serie de biógrafos, junto con sus obras. ¡En ese momento, Cervantes llevaba ya un siglo muerto!
Quiere esto decir que no fue un personaje tan público y notoriamente conocido como para que de su vida y obras se tuviera noticias, sino que hubo de buscarlas posteriormente. Alguien podría decir que eso mismo ocurre respecto de muchos personajes de la historia, y es cierto, pero con estos interrogantes, creo de justicia poder justificar la duda y luego, que cada cual juzgue a su libre albedrío.




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