sábado, 30 de marzo de 2013

VIAJANDO CON SU ATAUD

Publicado el  1 de marzo de 2009




La primera vez que tuve conocimiento de una persona que era conocida como Pedrarias Dávila, no tuve muy claro a quien se estaba refiriendo, pues alguien que se llamase de esa manera me resultaba ciertamente desconocida. Para ser más concreto, en aquel, mi primer encuentro, lo que leí fue “Pedrerias Dávila”.
Como estaba con una historia de la conquista de América y la fundación de Panamá, comprendí de inmediato que no hacía referencia a una tienda de piedras preciosas cuyo dueño se llamase Dávila, como en principio hacía suponer.
Pedrerias, conforme fui profundizando en el tema, se convirtió en Pedrarias, verdadero nombre con el que fue conocido una persona importante en la conquista de Nicaragua y Panamá en el que ahondando, me pareció descubrir una historia interesante, digna de ser contada.
Allá por los mediados del siglo XV, en torno al año 1460, nació en la ciudad de Segovia un varón al que pusieron por nombre Pedro.
Era nieto de un judío converso, fundador de una de las más influyentes familias de aquel siglo, llamado Ysaque Benacar (por posible deformación del nombre Isaac), que renegó de su fe judía y se convirtió al catolicismo, adoptando el nombre de Diego Arias de Ávila y al que apodaban “El Viejo”.
Tuvo este converso tres hijos y una carrera meteórica, pues de la humildad de su cuna llegó a Contador Mayor del Reino, importantísimo cargo en las finanzas de la época. Su primogénito, Pedro Arias, nacido alrededor de 1430, cambió su segundo apellido por Dávila e inició una no menos fulgurante trayectoria, en parte por sus cualidades personales, en parte por el apoyo de su padre. Por sus condiciones militares y bravura en el combate, fue conocido como “El Valiente”, participando en innumerables batallas, primero junto a su Rey, Enrique IV de Castilla, y más tarde junto a su Reina, Isabel La Católica. Hacia 1450 contrajo matrimonio con María Ortiz de Cota y empezó a ser conocido como Pedrarias, contracción de su nombre: Pedro Arias.
Se sabe que tuvo varios hijos varones, el tercero de los cuales, al que antes hemos mencionado, recibió en el bautismo el mismo nombre de su progenitor y desde muy infante fue conocido como Pedrarias II, ya que en el escalafón, su padre ocupaba el primer puesto.


Grabado de Pedrarias Dávila II con coraza y yelmo

Fue educado en la carrera militar y junto a los Reyes Católicos, participó en la Guerra de Granada y con el Cardenal Cisneros en la toma de Orán y Bugía el 5 de enero de 1510, cuando ya ostentaba el grado de Coronel de Infantería.
A Pedrarias II se le apodaba “El Galán” y “El Justador”, por su pericia en torneos y justas y, desde luego, por la apostura de que hacía gala.
Por aquel tiempo, se decía en la corte: “Después de Isabel de Castilla, la Bobadilla”, en referencia a doña Beatriz de Bobadilla, marquesa de Moya, dama de confianza de la Reina Católica y sobre la que, al parecer, ejercía una gran influencia. Pues bien, con una sobrina de la Marquesa de Moya, llamada Isabel de Bobadilla, casó Pedrarias Dávila, viendo aumentada así su posición preferente en la corte, hasta el punto que el rey Fernando el Católico tuvo a bien nombrarle, en 1513, Gobernador de Castilla de Oro, nombre que los conquistadores habían dado a parte de la actual Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua y algunas otras tierras centroamericanas. Tenía ya cincuenta y tantos años y una salud delicada.
Y es aquí, en la salud de este personaje en donde su historia se separa de las demás historias corrientes, convirtiendo al personaje en harto singular.
Buscando cuanta información hubiera de servirme a los fines de esta historia, he podido comprobar que existe cierta discrepancia con respecto a la edad del personaje cuando fue nombrado gobernador de Castilla de Oro. Se dice en algún lugar que contaba más de sesenta años y también se dice que murió con ochenta en el año 1531. De tener ochenta años en el día de su muerte, no podía haber nacido en torno a 1460, fecha que parece acertada según la documentación que he llegado a encontrar. Es probable que como quiera que usara nombres idénticos a su padre, algunos hechos que hayan servido para datar la vida del personaje, se hayan confundido con los del progenitor. Pero es asunto poco relevante a los fines de este relato.
No solamente había sido castigado en las batallas en las que había participado, sino que diversas enfermedades han hecho mella en él. Padece, de forma crónica, una dolencia que en aquella época, a falta de un diagnóstico más preciso y certero, se conocía como “Mal de Yjada”, que se caracterizaba por dolor en los ijares, que es el espacio blando entre las costillas y las caderas, que reciben el nombre científico de “hipocondrios”. Un dolor intenso, en esa zona podía significar un cólico nefrítico, biliar, apendicitis y un sin fin de afecciones del bazo, páncreas, estómago e intestinos, pero que a falta de una diagnosis, se englobaba todo en el genérico mal.
Pero también padeció Pedrarias otra dolencia mucho más importante, tanto que le dieron por muerto y dispuestos estaban a enterrarle cuando un criado, abrazado a su ataúd en señal de duelo, dijo haber escuchado ruidos dentro de la caja. Abrieron el féretro y encontraron a un Pedrarias vivo, sorprendido y desorientado por no saber dónde se encontraba ni cómo había llegado hasta allí.
Dice el eminente profesor Reverte Coma, especialista en medicina antropológica forense, en un estudio denominado “Biopatología de Pedrarias Dávila” que este personaje sufriría, posiblemente, un accidente vascular, imposible de diagnosticar en aquella época. Sin ningún ánimo de polemizar, en otro lugar encontré como causa posible que se le produjera una catalepsia, enfermedad del sistema nervioso que era conocida como la muerte aparente.
Es natural que la conmoción que el hecho produjo en los familiares fuese enorme, pero mucho mayor fue la que produjo en el pobre “difunto”, cuando se enteró de que estuvo a un tris de ser sepultado, con lo que su muerte hubiese sido real.
De tal manera condicionó su vida este hecho que cada año, por la misma fecha, se hacía encerrar en un féretro y decir por él una misa de “córpore in sepulto”, para que no se olvidara a nadie aquel episodio del que temía una repetición.
Tal obsesión le produjo aquello que desde entonces viajó siempre con un ataúd que unos dicen en miniatura y otros, de tamaño ajustado a su cuerpo y apropiado para abrir desde el interior, en caso de despertar y encontrarse enterrado. En sus aposentos, estuviese donde estuviese, era depositado el preciado ataúd.
Me imagino las sorpresas que iría produciendo por donde quiera que fuese, acompañado siempre de un ataúd.
Pues bien, con más de cincuenta años, con una esposa veinte años más joven, con el “Mal de Yjada” y con una grave dolencia neurológica, si fue catalepsia, o peor aún, una grave enfermedad vascular, como apunta el doctor Reverte, Pedrarias Dávila, parte para el Nuevo Mundo como gobernador de Castilla de Oro, en donde no le espera, precisamente, la paz paradisíaca de los trópicos, sino la cruel hostilidad de todos aquellos que se creen con derechos adquiridos que el nuevo gobernador viene a arrebatarle.
El 11 de abril de 1514, zarpó de Sanlúcar de Barrameda con una escuadra de veinte navíos y dos mil hombres, entre los que se encontraban algunos que luego alcanzarían renombrada fama en la conquista de tierras americanas, como Diego de Almagro que participó en la conquista de Perú y es considerado oficialmente como el descubridor de Chile, a donde llegó en un épico viaje a través del desierto de Atacama, el más árido del mundo; Hernando de Soto, conquistador de La Florida; el eclesiástico Hernando de Luque, nuestro paisano, natural de Olvera, convertido en defensor de los indios y otros muchos.
A lo que su salud arrastra y a la situación, incómoda donde las haya, que ha de encontrarse en las Américas, se ha de sumar todo lo que es inherente a aquellas latitudes: calor extremo y pegajoso, mosquitos, malaria, dengue y otras enfermedades, unidas a la modorra e inadaptación al clima.
Lo cierto es que a los ocho días, además de la actitud abiertamente hostil de todos los habitantes de Panamá, el problema que tiene planteado con Vasco Núñez de Balboa, su antecesor en el cargo y los problemas propios a la llegada a un nuevo y desconocido territorio, Pedrarias cae enfermo; gravemente enfermo.
A sus dificultades de salud ya descritas, se añade la “fiebre del trópico” y los médicos que lo atienden aconsejan evacuarlo lo antes posible a otro lugar menos inhóspito. Lo trasladan, de Santa María la Antigua, capital de Panamá, que fundó Núñez de Balboa, a un lugar llamado Caribari, en una isla del Caribe, en donde se le presenta una hemiplejía que viene a complicarlo todo. Este nuevo accidente cerebro-vascular, apunta en la misma dirección que aquella muerte aparente que tanto condicionó su vida.
Pero cuando lo normal de una situación así es que desemboque en la muerte, Pedrarias sale adelante, flaco y maltrecho; tullido del brazo izquierdo, cuya movilidad no volverá a recuperar, se incorpora a su puesto de Gobernador, donde se encuentra que su rival, Balboa, ha establecido muy buenas relaciones con su sustituto durante la enfermedad, el Obispo Quevedo, al que relega de inmediato. Para limar asperezas, ofrece a Balboa en matrimonio a su hija María de Peñalosa, que se encuentra en España y a donde envía al Obispo Quevedo para que la recoja y la lleve al Nuevo Mundo. Parece que las relaciones se normalizan, pero esa normalidad durará apenas dos años. El descubridor del Océano Pacífico no se conforma con un puesto de segundón y permanentemente está maquinando.
Como Pedrarias ve que sus capitanes no dan el cumplimiento deseado a las misiones que él les encomienda, decide tomar personalmente el mando y se adentra en el Istmo de Panamá con la intención de colonizarlo y crear ciudades. Así, en 1515, inicia la construcción de la ciudad de Acla, en la costa caribeña al noreste de Panamá. Esta ciudad estaba destinada a ser el inicio de un camino que uniera el Caribe con el Golfo de San Miguel, en el recién descubierto Pacífico. Pero al poco cae enfermo, nuevamente afectado por el Mal de Yjada y una llaga en la región genital que el doctor Reverte Coma, identifica con una de las muchas dolencias tropicales conocida como “Leishmaniasis”; enfermedad que se trasmite por la picadura de la hembra de una mosca que en la zona se conoce como “palomilla” y que en la actualidad sigue haciendo estragos, sobre todo en personas forasteras, no adaptadas al medio.
Pero Pedrarias se repone y continúa su saga colonial. El veinte de enero de 1519, ajusticia a Núñez de Balboa, acusándolo de conspirar contra la Corona y dejando viuda a su propia hija. Este episodio y otros de gran crueldad, le valen un nuevo apodo y a los de El Galán y El Justador, se une el de “Furor Domini” o Furia del Señor, que le puso el propio fray Bartolomé de las Casas.
Permanece en Panamá durante trece años, hasta 1526, en que el Emperador Carlos I lo envía a Nicaragua como Gobernador.
De entre las primeras cosas que resuelve es acabar con Francisco Hernández de Córdoba, conquistador de Nicaragua y fundador de las ciudades de Granada y León Viejo, esta última, capital del territorio.
Sufre entonces un ataque de “gota”, a la vez que periódicamente le acometen ataques de fiebres intermitentes y “poliartralgias”, dolor en todas las articulaciones que, según Reverte Coma, le dejan tullido durante largas temporadas en las que no puede ni andar, debiendo permanecer en cama o a lo sumo sentado.
Su carácter está mediatizado por las enfermedades y dolencias que padece y sus relaciones con todo el entorno son imposibles. Iracundo, despótico, cruel, inhumano, son algunos de los calificativos que su conducta merece.
Pedrarias, con un temperamento agriado, sin escrúpulos, lleno de miedos y pasiones, que ve traiciones en todo y en todos, manda prender a Hernández de Córdoba y ordena su decapitación. Su cabeza permanece durante cinco días clavada en una pica y su cuerpo expuesto en la ciudad de León, para ejemplo y escarmiento de todos, hasta que algunos de sus amigos consiguen que Pedrarias autorice su enterramiento, cosa que hacen en el atrio de la iglesia de Nuestra Señora de la Merced.
Cinco años más tarde, en 1531, el propio Pedro Arias Dávila, Pedrarias Dávila, es enterrado junto a su enemigo.
Murió de “vejez y pasiones, además de las enfermedades que padecía” consta en la nota que el Alcalde Mayor de León, escribe a manera de certificado de defunción.

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